Tips para manejar picky eaters

Muchas veces de bebés nuestros hijos son excelentes para comer. La lactancia materna o la pacha son todo un éxito. Comían casi todo lo que les ofrecíamos: remolachas, frijoles, brócoli, etc. Los alimentos para agarrar con los dedos en pinza los hacían felices. Dar de comer no era difícil. Luego alrededor de los 2 años todo esto cambia, se vuelven quisquillosos o en buen chapín, melindrosos.

Volverse un comedor quisquilloso es parte de ir creciendo. La mayoría de niños demuestran, en algún momento, algún tipo de exigencia en su alimentación y afortunadamente es solo una fase del crecimiento. Que a tu hijo no le guste lo que le estás sirviendo, no siempre tiene que ver con la comida que le estás dando. Saber qué está detrás de esta actitud, puede ayudarte a sobrepasar esta fase más rápido. 

¿Porqué no quiere comer?

Independencia. La meta no es lograr que coma el brócoli hoy, pero ayudarlo a que le guste a largo plazo. Pon en el plato un elemento que sepas que SI va a comer, pero lograr que pruebe un poco de todo lo demás. Si no le gusta lo que prueba, OK, pero eventualmente al ser expuesto a una gran variedad de sabores, lograrás que coma de todo.

¿Qué pasa cuando no quiere comer nada de lo que está en el plato? Normalmente entra un poco de ansiedad, lo que lleva a hacer ofertas: “¿Quieres un plato de cereal?” o “¿Te doy un poco de yogurt?” En vez de recurrir a esto, prueba darle un poco de control sobre el menú. Dale opción a tres verduras para acompañar al almuerzo. Seguramente se comerá con gusto la que escoja. También opción de armar su propio burrito, por ejemplo. Pon en diferentes platos tomate picado, arroz, frijoles, lechuga, queso rallado, aguacate y deja que él arme el burrito con los ingredientes que más le gustan.

No le gusta el sabor. Como humanos, estamos diseñados a que nos guste más lo dulce que lo amargo. Normalmente lo dulce equivale a sobrevivencia (piensa en la leche materna) y lo amargo puede significar que algo sea tóxico. Algunas comidas pueden registrarse como un “GUAJ” con los niños, porque en realidad tienen más papilas gustativas que los adultos, por lo que el sabor de los alimentos se amplifica.

Rostiza los vegetales, esto ayuda a realzar su dulzura natural. Lo ácido contrarresta lo amargo, prueba ponerle limón al brócoli, a las bruselitas, al zuchinni y a los ejotes. Puede ser que el sabor no sea el problema, puede que sea la textura. Intenta darle verduras crudas si es que no le gustan cocidas.

Simplemente no tiene hambre. Después del primer año de vida, el crecimiento se estanca un poco y por lo tanto el apetito baja. Si estás preocupada porque no come lo suficiente, pero su crecimiento va bien según el pediatra, puede que tu percepción de cuánto debe de comer tu hijo esté mal. Una porción para un niño es una cucharada por año de edad, básicamente un par de probadas de la montaña de alverjas que les ponemos en el plato.

Lo que le está preparando es aburrido. Investigaciones de la Universidad de Cornell demuestran que los niños comen más frutas y verduras cuando se les presentan en formas visualmente interesantes. Darles nombres chistosos a las comidas suele ayudar también; por ejemplo “zanahorias de visión de rayos X” en vez de solo zanahorias, o “arbolitos con nieve” para la coliflor.

Cambia la imagen de los alimentos. Procura involucrarlos a la hora de cocinar, es muy posible que si ayudan a preparar una lasaña con berenjenas, se la coman. Busca libros de recetas que a ellos les puedan gustar y léelas con ellos.

 

Autor: Bárbara Toledo / Clínica Dietética / info@clinicadietetica.com / www.clinicadietetica.com / Facebook e Instagram: Clínica Dietética

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